LA VANGUARDIA (11-10-1950)
He aquí, por fin, una gran película española, una película auténticamente grande que justifica todas, las esperanzas y supera todas las previsiones. He aquí una película en la que culminan los mejores triunfos de nuestro cine y da fe de cómo es posible conseguir el éxito cuando se unen las inteligencias y los esfuerzos dél unas colaboraciones valiosas, cuando no se regatean medios, cuando se comprende que la técnica y la materialidad de los recursos cinematográficos tienen su mejor y acaso única finalidad si se ponen al servicio de un tema de dilatadas perspectivas, de un tema tan imponente como el de «Agustina de Aragón». En esta producción, pues, nos encontramos con lo que tanto habíamos esperado: una identificación perfecta entre el instrumento y el material a modelar, una correspondencia tan justa como pueda imaginar el más exigente entre la gesta zaragozana en nuestra Guerra de la Independencia y la forma como ha, sido narrada. El éxito de «Agustina de Aragón» es así un éxito legítimo y enorgullecedor para todos, incluso para aquellos que, con razones muchas veces convincentes, por qué vamos a negarlo, dudaban de él. «Agustina de Aragón» es, en cuanto puede serlo una película —que se debe al público y no a los eruditos—, una obra histórica puesto que se dedica a exaltar una epopeya rigurosamente histórica, no desgranando unos hechos determinados sino cantando, en eu imponente volumen simbólico, un movimiento patriótico, una reacción popular inigualable y unánime. Por ello en «Agustina de Aragón» cobra primordial importancia el manejo de las masas que son, en definitiva que crean en grandeza. Podrá plantearse, una vez más, la mayor o menor fidelidad de la cinta para con las crónicas, pero en este sentido el propio Juan de Orduña ha definido su actitud, actitud exacta, ante su realización, con estas palabras: «Por primera vez en mi cine he abordado el movimiento de masas, y a ellas he dado importancia, preocupándome muy poco de la mayor o menor verosimilitud de las vidas privadas de los personajes. ¿Qué recoge la historia de Agustina, su vida o su gesto? Ese gesto simbólico es lo que he querido recoger». Juan de Orduña tiene razón. Por eso a la película crea una vida posible de la heroína y trenza en su torno conflictos y situaciones imaginados, cierto, pero que definen un perfil humano y sirven, en definitiva, de sostén y preludio al motivo fundamental. La anécdota engrana al espectador en un ambiente y en un espíritu determinados y las acotaciones secundarlas componen el cuadro indispensable para darle un dramatismo personal a Las figuras del imponente conjunto. Una vez hecho esto, «Agustina de Aragón» alza el vuelo épico y aquí, ante las cabalgadas de les franceses, ante los imponentes ataques a Zaragoza que la cámara recoge en panorámicas hasta hoy inéditas en nuestro cine, ante el realismo y la vibración patriótica que poseen todos y cada uno de los planes del sitio, el público, trémulo ya desde mucho antes, se deja llevar por la emoción más profunda y rompe en aplausos y ovaciones que dicen mucho más de cuanto nosotros pudiéramos decir desde aquí La protagonista de «Agustina de Aragón» es Aurora Bautista y en su papel halla el mejor acomodo para su temperamento de notable trágica, para su gesto bravío y para su nervio dramático incoercible, pero sería injusto no señalar que cuantos intervienen en la cinta, desde el primero hasta el último, cumplen a las mil maravillas con su cometido. Señalemos así a Fernando Rey, Virgilio Texeira, Eduardo Fajardo, Manuel Luna, Jesús Tordesillas, Guillermo Marín, Juan Espantaleón, Fernando Fernández de Córdoba, Raúl Cancio. Fernando Sancho, Fernando Nogueras, José Bodalo, Manuel Arbo, Antonia Plana, Maruja Asquírino, María Cañete, Pilar Muñoz y, en fin, así hasta el más insignificante actor secundario. La unanimidad en la calidad interpretativa es, pues, sorprendente. Pero no podía menos de ser así para que «Agustina de Aragón» tuviera la total perfección apetecida, el latido de autenticidad, de patriotismo y de emoción que la hace lo que e» y que hizo llorar y aplaudir al público como nunca se había dado en un salón cinematográfico.— H. SÁENZ HERRERO.
Thanks for your comment, Paco Granados
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