LA VANGUARDIA (10-10-1956)
Juntos, Luis G. Berlanga y José A. Barden proporcionaron al cinema español, en 1953, el resonante éxito internacional de «¡Bienvenido, mistar Marshall!», Separados, han duplicado el triunfo en el último festival de Venecia trayéndose para España los dos más acreditados galardones del certamen: el de la Oficina Católica Internacional del Cine y el de la Crítica. Aquella premió «Calabucb» porque, en efecto, la película de Berlanga, sobre argumento de Leonardo Martín, tiene una extraordinaria alteza espiritual y está dotada de un penetrante sentido de fraternidad humana. Ambos valores —y este es un punto que nos interesa concretar — se desprende con absoluta naturalidad de una chispeante y graciosa invención compuesta con personajes, reacciones panoramas y caracteres intransferiblemente españoles, con toda la portentosa calidad angélica y realista de lo español, tan bien dispuesto para la picardía y la trampa alegre como para el mas puro desprendimiento de la amistad y la entrega a la causa justa, a la causa del corazón, contra todo y contra todos, como hace el pueblo de Calabuch al ponerse en pie de guerra para evitar que la escuadra norteamericana recupere al sabio atómico que halló en la feliz aldea pescadora, la paz de las gentes sencillas y de la vida buena. Es muy probable que se haya creído ver en la película más de lo que los propios autores quisieron poner en ella, buscando, en lo general y en lo particular, mensajes de muy larga trascendencia. Como cualquier caso, parece evidente que ha dado la vuelta más significativa y original a la leyenda del aprendiz de brujo — ceñida constantemente en el hondón de las inquietudes de nuestros días— para señalar, entre divertidas anécdotas, el único camino practicable para llegar una auténtica concordia: el de la cordialidad. El sistema empleado por Berlanga y los guionistas —Leonardo Martín, Florentino Soria, Ennio Flaiano y el propio director — en cierta manera semejante al de «¡Bienvenido. Mr. Marshall!, en cuanto opera sobre las Inagotables posibilidades humanas de un pueblo cerrado en sí mismo y ajeno a las novedades e inquietudes del mundo, fiel a una manera de ser que en «Calabuch» se manifiesta con notorio predominio del ingenio verbal sobre la expresión plástica. Desde el punto de vista estrictamente cinematográfico, resulta claro que tal predominio de la palabra reduce las proporciones de la película, lo cual queda patentizado por la belleza y !a gracia visual de secuencias como la de la boda o de la soberbia becerrada en la playa, en contraste con la reiteración de planos donde las imágenes quedan hipotecadas a la literatura, con todo el innegable centelleo humorístico de esa literatura, muchas de cuyas frases provocaron muy justificadamente en el público las risas más satisfechas que hemos oído en una platea desde hace largo tiempo. Quizá por ese alígero lastre —valga la paradoja— Berlanga se ha detenido con más absorbente intensidad en la descripción de los tipos, creados en toda su humanísima vitalidad mediante trazos vigorosos y certeros, en ocasiones dotados de la mejor y más espontánea frescura saineteas. Así la estupenda figura del sargento Matías, la ilusionada soledad de la maestra, la llana bondad del párroco, la picaresca naturaleza de El Langosta, la profunda gracia del torerillo y la maravillada psicología del sabio atómico, por no referimos más que a las figuras sobresalientes de un conjunto que constituye todo él, un gran personaje, el pueblo del españolisimo Calabuch. La interpretación de Edmund Gwenn —recordemos «De ilusión también se vive»— así como la de Juan Calvo, Valentina Córtese, Franco Fabrizi, Félix Fernández, José Luís Ozores y José Isbert es perfecta en todos los aspectos, y acredita, aparte un reconocido mérito de comediante maestría del director, quien por lo demás, y aparte pequeños detalles a nuestro juicio demasiado fáciles, como los dedicados a la diuresis del niño y del protagonista, juega con la máxima pericia y superlativa sensibilidad cuantos triunfos le ofrece la deliciosa fantasía del asunto, así como los insuperables escenarios naturales de Peñíscola. — H. SÁENZ GUERRERO.
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