martes, 16 de agosto de 2011

LA HERMANA SAN SULPICIO (1952)



LA VANGUARDIA (10-1 1953) 

Veinte años después, como en la novela de Dumas, el cinema español vuelve a «La hermana San Sulpicio». la película que constituyó uno de sus éxitos más resonantes. Las razones de este retorno podrían ser varías; acaso el deseo de conmemorar el vigésimo aniversario de la productora Cífesa, reeditando la cinta que inauguró su carrera de triunfos: tal vez dar la medida de la capacidad actual de nuestro cine al establecer una posibilidad de comparación; en cualquier caso, la gracia de buena ley de la obra dé don Armando Palacio Valdés, es buena, una excélente razón que justifica la presencia ante nosotros do la simpatiquísima monjita andaluza y del serio médico gallego, para que nos vuelvan a contar su historia. E esta ocasión, sin embargo, la historia no es exactamente la misma que lo fue la primera vez, y tampoco se ciñe —en lo adjetivo, claro está— a la deliciosa novela de Palacio Valdés. Se trata de una versión libre, aunque las libertades tomadas —cuyo acierto tiene facetas discutibles-- se limiten a variar la época en que transcurre la acción, a utilizar con frecuencia, acaso excesiva, la voz en «off», a colocar una especie de prólogo escenificado y a intercalar unas estampas «angelicales» que pueden tener salero, a veces, pero que se nos antojan innecesarias. Aparte tales licencias y otras menos considerables. «La hermana San Sulpicio» satisface al público mediante el uso muy certero de lo que resulta ser, como antaño, su mejor arma el gracejo de sus diálogos, la jovialidad, casi siempre hablada, de la mayor parte de sus situaciones, el texto literario, en fin. Desde el punto de vista cinematográfico la realización de Luis Lucía se distingue por su esmero, pero carece, en cambio, de brillo, de agilidad, de la simpatía, en suma, que rebosa del asunto. Acaso en este sentido influyan algunos efectos teatrales del cinefotocolor, particularmente en cuanto se refiere a ciertos decorados, al cuadro «folklórico» inicial y a la pigmentación variable de los rostros, con lo cual se demuestra que el procedimiento se halla a medio camino de la perfección apetecible. Por lo contrario, resalta una interpretación excelente de conjunto. Carmen Sevilla compone una «Hermana San Sulpicio» encantadora, gentil y guapísima, claro, tanto con las tocas monjiles como con las restantes prendas de su vestuario. Jorge Mistral se adapta fielmente a las características de su personaje, que sirve con buen estilo de «galán». Pero a nuestro gusto, el que se lleva los laureles, por su excepcional labor, no se otro que Manuel Luna, en el papel de «Don Sabino». Su interpretación del buen cura que conoce bien los corazones, demuestra hasta qué punto estaban equivocados quienes, con pugnacidad digna de mejor causa, adjudicaban invariablemente a este actor los tipos más tenebrosos y desagradables.— H. S. G.


 

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