LA VANGUARDIA (17-9-1978)
Luis G. Berlanga, que últimamente se había desviado hacia un cine, psicológico y erótico, ha vuelto, con esta película a la linea artística de sus primeros y mejores tiempos, es decir, a la de la crítica social, el humorismo —incluido el humor negro— y la denuncia, entre bromas y veras, de los errores de una larga época de nuestra vida nacional. Una vuelta a los tiempos en que hacia filmes tan admirables como «Bienvenido, Míster Marshall», «Los Jueves, milagro», «Plácido» y «El verdugo». En este nuevo filme, «La escopeta nacional», se apoya, como ha hecho siempre —o casi siempre— en un guión escrito en colaboración con Rafael Azcona —el hombre que ha facilitado también celebrados guiones para Marcó Ferreri y otros relevantes cineastas extranjeros. La película se anuncia como «ferozmente divertida». Lo es en efecto, y hay que aclarar que en esta ocasión, lo de «ferozmente» no es una simple hipérbola sino una positiva realidad. Divierte y a la vez apunta contra una serie de corruptelas da la vida social y política que había degradado —aun cuando tal vez menos de lo que se ha supuesto— la vida política de tan altas esferas del país. Las cacerías, es decir, las fiestas camperas que tenían por eje la escopeta —la escopeta nacional—se habían puesto de moda como centro de reunión para captar amigos, planear negocios, conocer y tratar directamente con ministros, banqueros y otra gente influyente, etcétera. El protagonista de esta «cacería» que Berlanga nos presenta en su filme, es un industrial catalán, que ha pagado la fiesta, en la ancha fmca de un viejo marqués, que es quien aparece cómo el invitante y organizador dé ella. Una reunión de «alta sociedad», con derivaciones muy significativos hacia el mundo político, en el que los negocios y unos ciertos aspectos de la corrupción, proliferan... Los asistentes a la cacería son una especie de representación simbólica de la sociedad española de unos años atrás... Un ministro, otro político que aspira a serlo, un banquero, un cura, una guapa mujer amante del ministro, un príncipe... Y todo ello girando en torno al famoso marqués, dueño de la fmca, que ha sido siempre un libertino, y al tontaina de su hijo, ya mayor... La historia argumental es tan complicada como divertida. El industrial catalán, a quien acompaña su amante y secretaria, a la que hace pasar por su mujer, será a la postre quien pague los platos rotos... Porque en la delirante fiesta hay un poco de todo: trapacerías, montaje de sucios negocios, intrigas eróticas y, sobre todo ello, un derroche de humor que en esta ocasión os más bien que negro, sonrosado y sonriente. Resulta asombrosamente eficaz y divertidamente brillante, la soltura y la gracia con que Berlanga hace «funcionar» ese microcosmos, mostrándonos los aspectos más significativos y agudos de cada uno de los personajes que lo integran. Y la intención, realmente aguda pero no demasiado sangrienta, con que hace resaltar lo que había —y tal vez sigue habiendo— en esas reuniones de la alta sociedad, que de vez en cuando se reúnen alegremente en torno a la escopeta nacional, y a algún viejo marqués, que se presta a ejercer esta especie de alcahuetería erótica, política y social. Berlanga ha actuado en este caso con la decisión de un artista que quiere mostrar por la visión directa de vicios de su época. De ahí que se complazca más en mostrarnos esta realidad de un modo alegre, irónico, chispeante y frívolo, que con la cólera o la irritación de un moralista. La risa o la sonrisa puede ser también, en determinados casos, una acusación. El nutrido equipo que ha manejado Berlanga en este filme se ha comportado con sorprendente tino. No hay uno solo que desentone o se quede atrás en el acierto. Pero si bien a todos corresponde por igual el éxito, en gracia a la duración o intensidad de su labor, son especialmente dignos de alabanza, José Sazatomil, Antonio Ferrandis, Mónica Randall, Agustín González, en el papel del cura, y sobre todo, Luis Escobar, el gran director de teatro, que ha accedido en esta ocasión por vez primera, a actuar en el cine, en la figura del viejo marqués, en atención al alto prestigio de Berlanga, y tal vez también porque no hay modo de saber cómo es un viejo marqués, que siéndolo realmente, como lo es Escobar. — A. MARTÍNEZ TOMAS.
Thanks for your comment, Paco Granados
ResponderEliminar