lunes, 8 de agosto de 2011

CAMPANADAS A MEDIANOCHE (1965)




Orson Welles ha cedido una vez más a la tentación de dar la medida de su genio trasplantando a la pantalla una obra de Shakespeare: «Enrique IV». Dos motivos principales le han impulsado a ello. La amena variedad de esta obra cimera del más universal de los dramaturgos y el dar vida cinematográfica a Falstaff. Empresa, esta última, para la que está dotado como pocos. «Campanadas a medianoche» se presentó en sesión de preestreno, patrocinada por «Cine Fórum», de Radio Nacional de España. Welles es esencialmente hombre de teatro. Pero es también un cineasta inmenso. Esta doble circunstancia se traduce en «Campanadas a medianoche» en una completa asociación de valores que constituye como una recreación sensacional de la obra de Shakespeare. Ello no obstante, esta yuxtaposición de teatro y cine, que se muestra a veces como un contrapunto, tiene también sus quiebros. La película es un alud de sugestiones, de impresiones dotadas de un gran vigor y belleza. Es también una elaboradísima obra en la que cada escena, cada situación ha sido apurada en el detalle. Pero el cine pone su precio a esta alianza y la cinta resulta en ocasiones algo fatigosa y lenta por su contenido teatral y por su barroquismo. Porque como escena carece de la imprescindible comunicación directa con el espectador. Y como cinematografía resulta perjudicada por una ambigüedad que la pantalla delata inexorablemente. Del drama original en dos partes, en prosa y verso, representado por el propio Shakespeare en 1597-98, el realizador ha aprovechado la mayor parte. de la primera y algunos fragmentos de la segunda. A ello ha incorporado diálogos decisivos de «Enrique IV» y también fragmentos de «Las alegres comadres de Windsor» y de «Ricardo II». El diálogo, muy frondoso, tiene aquí un papel fundamental. En los largos coloquios y diatribas la fuerza del lenguaje es tremenda. La libertad de sus imágenes da lugar a juegos de palabras de una audacia inconcebible. Un ingenio inimitable se. recrea unas veces en lo obsceno, otras en los más elevados sentimientos del alma, con retorcimiento retórico, aunque también con centelleante contundencia. Ciertamente, en nuestros días, las escenas cómicas de la obra y su rabelaisinismo no nos divierten demasiado, pero constituyen aquí un documento muy vivo y expresivo de una gran obra. En el aspecto estrictamente cinematográfico, Welles ha tenido aciertos superlativos. Los primeros planos los largos desplazamientos de la, cámara, las panorámicas, el juego de luces destinado a obtener un asombroso efectismo y la música de la época son valores cuidadosamente medidos. Es sorprendente la belleza y propiedad de los escenarios naturales españoles, utilizados, que son todos los de la película. El castillo de Cardona, el pueblo soriano de Calatañazor; Lecumberri, en Navarra; Lessaca, en Guipúzcoa; las murallas de Avila; la Casa de Campo madrileña y Colmenar Viejo son los distintos lugares donde se captan los ambientes. Welles ha hallado un personaje tan a la medida de su talento, que de continuo su Falstaff amenaza con convertirse, en la principal/ya que no única, justificación de la película. Y ello obliga al extraordinario actor a apurar hasta el límite sus facultades expresivas. La desbordante humanidad (física y psicológica) del personaje: ladrón, conquistador de taberna, bufón, pícaro y farsante, obliga a su personificador a un esfuerzo sobrehumano que casi agota al espectador tanto como al actor. Keith Baxter, John Gíelgud, Walter Chiari, Norman Rodway, Margaret Rutheríord, Jeanne Moreau, Marina Vlady, con nuestros compatriotas, Fernando Rey, José Nieto y Julio Peña, realizan una actuación memorable en todos los casos y a la medida de la extensión de sus papeles. Señalemos, finalmente, que la película es española por su financiación y lugar de rodaje, felicitémonos por que un empeño acariciado de Welles durante más de tres lustros haya podido llevarse a cabo en nuestro país, gracias a don Emiliano Piedra y don. Ángel Escolano. Es la suya una contribución al arte que no tiene aquí, en estas materias, demasiados precedentes. J. PEDRET MUNTANOLA. 







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