lunes, 8 de agosto de 2011

LOCURA DE AMOR (1948)


Día critica (9-10-1948)

Hace casi un siglo que Tamayo y Baus estrenó su drama «Locura de amor» y aun hoy, cuando tanto han cambiado las formas teatrales, la obra se alza poderosa en un alto vuelo grandilocuente. Podría hablarse largamente, pues la película da materia para ello, de ese constante problema que las adaptaciones teatrales plantean al verterse, o intentar verterse, al idioma cinematográfico, de leyes tan peculiares, mas quizás baste en este caso con decir que Juan de Orduña, fino director que ya con “Un drama nuevo” rompió los sellos del teatro romántico actualizado en el cine con singular acierto, ha mantenido intactas todas las líneas de perspectiva de la obra original, hasta el minino dialogo, limitando con ellas su labor de creación puramente cinematográfica a aquellas situaciones susceptibles de una descripción gráfica de gran estilo, que aprovecha en todos los órdenes de un modo impecable. «Locura de amor» tiene por tanto dos componentes claramente definidos: la estrictamente teatral y la cinematográfica, ambas tan reciamente ensambladas, fundidos tan sólidamente sus valores particulares que acaso sea esa labor de función lo más notable de la cinta por el hecho de que lo que tuvo un lugar en la escena, lo tiene también ante la cámara sin que nada se haya perdido con el camino; es decir, las calidades que Tamayo y Baus puso en «Locura de amor» sobrevive en el celuloide al paso de los años y de les gustos y lo que en frío puede parecer exceso declamatorio, se determina en el ánimo con firme fuerza trágica de la mano de un inteligente juego de planes cinematográficos, con lo cual quizá se haga el mejor elogio de la ardua labor que Ordeña se ha impuesto. Queda por comentar el aspecto, insolayable, de la alteración que la obra imprime a los hechos históricos, a veces muy considerable. Para los que claman ante la desfiguración de unos hechos que Clio dejó en su sitio hace muchos siglos, acaso convenga advertirles que Talia y la musa cinematográfica, aún innominada pero existente tienen ciertas exigencias y pueden permitírseles determinadas licencias a fin de dar a la árida letra de los cronicones el encanto novelesco de la leyenda, el aire fresco de lo imaginable o tanto más cuanto en definitiva la esencia del drama humano e histórico no va de trayectoria. Ninguna versión de las muchas que la vida de Juana la Loca dio a la literatura, tienen mucho que ver con las afirmaciones de sesudos historiadores. No es justo pedir que la película sea una excepción. Antes de acabar señalemos el mérito dé la música y de las decoraciones y vestuarios tan decisivos para crear el ambiente en que el asunto se desarrolla, pero sobre todas las cosas se hace preciso elogiar la magistral interpretación de Aurora Bautista en su primera y triunfal aparición ante las cámaras. Su gesto, de auténtica estirpe teatral, y su dicción, pura cálida y rotunda, configuran la atormentada psicología de la reina de Castilla con una fuerza dramática poderosísima. Sobresalen a su lado las creaciones notabilísimas de Fernando Rey, en el papel de Felipe el Hermoso; Jorge Mistral, en el mejor cometido de su carrera; Juan Espanteleón, siempre en la mejor línea de su estilo; Sara Montiel, tan convincente como bella, y Jesús Tordesiilas y Manuel Luna, entre otros muchos actores. — H. SAENZ GUERRERO.




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