Día
de estreno (29-3-1970) Día critica (1-4-1970)
«Tristana»
está basada en la novela de Pérez Galdós, del mismo titulo. Como
en toda la ciclópea obra del gran Don Benito, en esta novela
encontramos retratada una sociedad que fue en su día una realidad
viva. Sociedad de contrastes violentos, con luces y sombras, con
vicios y virtudes, pero todos ellos en proporciones mucho más
abultadas que en cualquier otro pueblo. Buñuel es, a nuestro juicio,
uno de los pocos realizadores españoles capaces de entender el mundo
galdosiano. Porque no es un mundo que nos invite a amarlo, sino a
comprenderlo. En aquella sociedad con resabios feudales, latía ya,
con hervor difícilmente contenido, una protesta tácita contra unas
estructuras que venían perpetuando la injusticia. La mujer era como
un objeto, como una esclava siempre obligada a obedecer, sin posible
réplica, al varón. Se la tomaba o se la despreciaba. La reacción
era lógica. Ya en bastantes almas femeninas, como en la de
«Tristana», palpitaba un incoercible odio contra el «macho». Se
sentía hacia él, simultáneamente, atracción y desprecio.
«Tristana», la joven muchacha pueblerina, confiada a los cuidados
de un tutor, es un ejemplo típico. Su historia tiene grandeza y
fuerza. Pero, sobre todo, es de un elocuente sentido revelador y, en
la medida de lo que era posible en aquel tiempo, revolucionario. Como
lo es también la figura de «Don Lope», su tutor, personaje
contradictorio, generoso hasta el despilfarro, que no ha trabajado
nunca porque desdeña toda función que ahora llamaríamos «laboral»,
por alta que sea. Es también liberal, volteriano, protestatario
contra todo... Pero lo es a su modo. Desprecia a los obreros
precisamente porque trabajan y se dejan explotar por los burgueses.
Pero «Don Lope» es un burgués típico. Vive estrechamente de sus
rentas, vende cuanto queda de valor en su hogar y espera que se muera
su hermana, mujer de gran fortuna, para heredarla y continuar su
vida. Una vida de ocio, de libertinaje oscuro y sórdido y de
liberalismo sin sentido. El genio y la destreza con que Buñuel ha
recogido la atmósfera galdosíana de «Tristana» es pura maravilla.
Ambientes, personajes, lenguaje, modo de vivir, todo ha sido
reproducido con una fidelidad espléndida. Asombra también cómo
Buñuel ha impregnado el film de un indefinible encanto gráfico, en
preciso y claro, tan definidor, que nos parece estar viviendo en
aquel tiempo que sólo dista de nosotros unos cuantos decenios, pero
que, socialmente, es casi la prehistoria. La gracia de la imagen,
siempre en función de «algo», ayuda al espectador a compartir toda
la fuerza evocadora que palpita en la cinta. La interpretación es
también un continuado acierto. Fernando Rey, en la contradictoria y
apasionante figura de «Don Lope», alcanza cimas de expresión
sorprendente. Su personaje es galdosiano y buñueliano desde los pies
a la cabeza. Un auténtico prodigio de soltura, de naturalidad, de
intuición. Catherine Deneuve, generalmente inexpresiva, está en
esta cinta, bajo la fuerte impulsión de Buñuel, totalmente
cambiada. Tal vez no da del todo la figura de la «Tristana»
ibérica, pero lleva a término una labor artística que se aproxima
a lo perfecto. El resto de intérpretes está, asimismo, muy bien.
Toledo ha prestado el encanto, de sus calles empedradas, recoletas y
retorcidas, de sus plazuelas típicas y de sus nobles y arcaicos
inmuebles, para dar el adecuado ambiente a la película. — A.
MARTÍNEZ TOMAS.
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