LA VANGUARDIA (1-12-1948)
«La calle sin sol». Tras una prolongada estancia cinematográfica por las tierras de una época y después de tratar el tema histórico con un éxito memorable, Rafael por fin ha vuelto, aunque con un sesgo distinto, a la cadencia humana y cordial que con «Huella de luz» le abrió las puertas del cinema español. Para esta tarea que a nuestro gusto es la que mejor se identifica con su estilo, ha contado, con un argumento de Mihura que él mismo ha articulado cinematográficamente en un guión inteligente, medido y de buena continuidad, que ha dado lugar a una película de sencilla pero eficaz composición, en la que los motivos dramáticos son siempre tratados con arreglo a un alto sentido de la técnica, considerada como un instrumento y no como una finalidad. «La calle sin sol» és, pues, por en configuración y por su norma narrativa, una inconfundible película de Rafael Gil. No obstante, la data no es ni en mucho, una obra acabada, impecable. Tiene defectos de distinta índole que a continuación analizaremos, en los que Gil no debiera haber incurrido. A ellos y sólo a ellos fue qué «La calle sin sol» haya perdido, de cara al espectador sensible, sus mejores sugestiones en primer término falla en el film un factor tan importante como es el de la ambientación. No se trata ya de reprochar a un tan buen conocedor de Barcelona como es Gil los baches de reproducción de una calle barriobajera que no acierta nada o casi nada de Barcelona ni tampoco «el slogan» publicitario que especula arbitrariamente con un «escenario barcelonés» cuando las descripciones ciudadanas son fugadísimas y, como en el caso del «restaurante de lujo», absurdas y misérrimas, pero sí es preciso hacer constar como detalle de mayor importancia que el pedazo de callé en que pretende centrarse el núcleo del film carece de todo carácter y aparece siempre como un decorado, evidente al más miope, frío y vacío de la más elemental emoción ambiental. Por otra parte, los diálogos —tan graciosos en general como corresponde al prestigio humorístico de su autor— llevan un marchamo localista que nada tienen que ver con el supuesto escenario de la acción. Aparte tales observaciones, la película cae en convencionalismos de dificil justificación, comer son entre otras cosas, el tipo del policía que interpreta Romera, el del infeliz pintor de rótulos, que siempre aparece con bote y el pincel y el de la ciega y su acompañante trazado con trazo excesivamente melodramático, sin contar el «lapsue» de tiempo que existe entre la salida de «Mauricio» de la taberna y su regreso a ella cargado de billetes, así como el lugar común musical en que incurre la partitura al definir con ritmo de «samba» primero y con la melodia de «Popeye» después, dos momentos de la sección que para nada necesitaban tan simplistas acotaciones. Al margen de los comentarios adversos que he reseñado que tan preciso es convenir que el asunto, sobre todo mientras se mantiene la incógnita de la personalidad y de la conducta del protagonista, tiene interés y obra intrigante, aunque luego vaya a parar a las secuencias que preceden al desenlace, de más bajo tono, pese a los planos magistrales del incendio y de la lucha en la escaleras que, junto con los que abren la película, son los de mayor calidad y más sólidos valores cinematográficos del conjunto. La interpretación es notabilísima. Singularmente por parte de Antonio Villar y de Amparito Rivelles, ambos siempre en su sitio y siempre expresivos y certeros. Manolo Moran vive su tipo, con su peculiar gracejo; Pepe Nieto infunde al suyo, una rica densidad dramática, bien matizada también por Mary Delgado. El resto del reparto lo integran Ángel de Andrés, un poco fuera de situación por sus gestos recargados, y Fernando F. de Córdoba, cuya escuela de buen actor, le hacen acreedor a papeles dé más consistencia. Los fondos musicales, salvo las notas apuntadas, son excelentes — H. SÁENZ GUERRERO.
Thanks for your comment, Paco Granados
ResponderEliminar