domingo, 23 de agosto de 2015

EL VERDUGO (1964)

 

Día de estreno (4-5-1964) Día critica (7-5-1964)

En primer término, hay que dar por establecido que «El verdugo» es el mejor film de Luis G. Berlanga. El más logrado argumentalmente, el de mayor y más felices hallazgos técnicos, el de contenido más humano. Es también aquel en que Berlanga ha empleado en menor proporción su habitual sarcasmo. Hasta ahora, Berlanga venía confundiendo con demasiada frecuencia lo sarcástico y lo irónico, no obstante la gran distancia que media de uno a otro. En «El verdugo». Berlanga no se ha liberado por entero de esta proclividad, pero ésta aparece más atenuada. La gracia y el humor la suavizan y la hacen, a nuestro juicio, más inteligente. De todos modos, hay algunos momentos en que el contraste satírico y sarcástico vuelve a ser sangriento, como en el caso de aquellas dos ceremonias nupciales —una de gente rica y otra de gente pobre—, la primera con alfombran y guirnaldas, en un altar mayor radiante y florido, y la otra reducida a la soledad de una capilla escuálida y desnuda. Pero a pesar de todo, Berlanga se nos aparece en este film más humanizado, con un caudal de ternura más sincero y, por consiguiente, más conmovedor. Frecuentemente la gente piensa que la profesión de verdugo no tiene nada de agradable y menos de estimable. ¿Pero piensan lo mismo los verdugos? Cada vez que se produce una vacante, los aspirantes a cubrirla son múltiples y hay que seleccionarlos en relación con las recomendaciones que avalan al elegido. En su libro «La piel», Cúrelo Malaparte nos cuenta lo que hace mucha gente por salvar el pellejo o, lo que viene a ser lo mismo, por continuar «tirando>. En este caso lo que se nos muestra es la capacidad de humillación y de servidumbre de las gentes —de ciertas pobres gentes— para alcanzar un piso en que vivir. Un piso, ahí es nada! Meta de sueños, remanso de sosiego, seguridad de la familia. El verdugo de Madrid es un buen hombre que piensa que su oficio no es mejor ni peor que tantos otros, hasta cierto punto, se encuentra contento con su suerte. Su única desazón la constituye el cerco de prevenciones y hostilidades que rodean a su hija, una muchacha ya algo madura, que continúa soltera. Cuando un pretendiente se le acerca, suscita en el corazón femenino un alba de esperanzas; pero una ves que descubre la repelente condición de su futuro suegro, se evapora. Sin embargo, como siempre se produce en la vida una cierta atracción de los afines, la hija del verdugo encuentra al fin un novio. Es un joven que trabaja en una funeraria y que se ocupa de enterramientos. Entre estas gentes, lo lúgubre es lo cotidiano. De ahí que el sentido de lo macabro no les sea perceptible. Un día, encontrándose la pobre mujer en estado interesante —la larga espera le hizo anticiparse a la autorización sacramental—, se encuentra con que necesita urgentemente hallar un piso. Y como el viejo verdugo, que tiene derecho a ocupar una vivienda en construcción, va a ser jubilado antes de poder ejercer este derecho, el funerario, entre vascas de náusea, pide sucederle. En muchos países, en Inglaterra o Francia, los verdugos han constituido verdaderas dinastías. Esta historia nos la cuenta Berlanga con una soltura narrativa de la más hábil marca y un excelente sentido del humor. Es, naturalmente, un humor lúgubre, triste, pero de un seguro efecto sobre el público. Con la muerte se han hecho siempre chistes divertidos. Con ser tan seria, es lo que la gente se toma más a broma. El muerto siempre será para los demás un «fiambre». «El verdugo» está en la línea de «Plácido», pero el estilo es mucho más ligero. Sorprende la gracia del diálogo, el estupendo logro del clima ambiental, la maestría con que han sido llevados a la pantalla estos personajes dignos de Edgard Poe. En suma, «El verdugo» es un admirable film de humor, pero también un film social. El nihilismo estético y filosófico de Berlanga no renuncia a satirizar un poco cruelmente ciertas situaciones y a maltratar a algunos personajes. Pero es la vez en que, a nuestro juicio, lo ha hecho con más gracejo y en que ha logrado efectos más seguros y eficaces. Puede ocurrir—y a nosotros mismos nos ocurre— que ese humor lúgubre no contente a todos. Pero la cinta es convincente. Y sea o no de nuestro gusto, hemos de proclamar que se trata de una obra cinematográfica sumamente estimable. Los intérpretes son el viejo José Isbert, en la figura del verdugo jubilado; la excelente Emma Penella, ya un poco excesivamente voluminosa, pero excelente actriz, y el actor italiano Nino Manfredi, que crea un personaje rico en excelendas interpretativas y sutiles matices.— A. MARTÍNEZ TOMAS.



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