Día
de estreno (4-5-1964) Día critica (7-5-1964)
En
primer término, hay que dar por establecido que «El verdugo» es el
mejor film de Luis G. Berlanga. El más logrado argumentalmente, el
de mayor y más felices hallazgos técnicos, el de contenido más
humano. Es también aquel en que Berlanga ha empleado en menor
proporción su habitual sarcasmo. Hasta ahora, Berlanga venía
confundiendo con demasiada frecuencia lo sarcástico y lo irónico,
no obstante la gran distancia que media de uno a otro. En «El
verdugo». Berlanga no se ha liberado por entero de esta proclividad,
pero ésta aparece más atenuada. La gracia y el humor la suavizan y
la hacen, a nuestro juicio, más inteligente. De todos modos, hay
algunos momentos en que el contraste satírico y sarcástico vuelve a
ser sangriento, como en el caso de aquellas dos ceremonias nupciales
—una de gente rica y otra de gente pobre—, la primera con
alfombran y guirnaldas, en un altar mayor radiante y florido, y la
otra reducida a la soledad de una capilla escuálida y desnuda. Pero
a pesar de todo, Berlanga se nos aparece en este film más
humanizado, con un caudal de ternura más sincero y, por
consiguiente, más conmovedor. Frecuentemente la gente piensa que la
profesión de verdugo no tiene nada de agradable y menos de
estimable. ¿Pero piensan lo mismo los verdugos? Cada vez que se
produce una vacante, los aspirantes a cubrirla son múltiples y hay
que seleccionarlos en relación con las recomendaciones que avalan al
elegido. En su libro «La piel», Cúrelo Malaparte nos cuenta lo que
hace mucha gente por salvar el pellejo o, lo que viene a ser lo
mismo, por continuar «tirando>. En este caso lo que se nos
muestra es la capacidad de humillación y de servidumbre de las
gentes —de ciertas pobres gentes— para alcanzar un piso en que
vivir. Un piso, ahí es nada! Meta de sueños, remanso de sosiego,
seguridad de la familia. El verdugo de Madrid es un buen hombre que
piensa que su oficio no es mejor ni peor que tantos otros, hasta
cierto punto, se encuentra contento con su suerte. Su única desazón
la constituye el cerco de prevenciones y hostilidades que rodean a su
hija, una muchacha ya algo madura, que continúa soltera. Cuando un
pretendiente se le acerca, suscita en el corazón femenino un alba de
esperanzas; pero una ves que descubre la repelente condición de su
futuro suegro, se evapora. Sin embargo, como siempre se produce en la
vida una cierta atracción de los afines, la hija del verdugo
encuentra al fin un novio. Es un joven que trabaja en una funeraria y
que se ocupa de enterramientos. Entre estas gentes, lo lúgubre es lo
cotidiano. De ahí que el sentido de lo macabro no les sea
perceptible. Un día, encontrándose la pobre mujer en estado
interesante —la larga espera le hizo anticiparse a la autorización
sacramental—, se encuentra con que necesita urgentemente hallar un
piso. Y como el viejo verdugo, que tiene derecho a ocupar una
vivienda en construcción, va a ser jubilado antes de poder ejercer
este derecho, el funerario, entre vascas de náusea, pide sucederle.
En muchos países, en Inglaterra o Francia, los verdugos han
constituido verdaderas dinastías. Esta historia nos la cuenta
Berlanga con una soltura narrativa de la más hábil marca y un
excelente sentido del humor. Es, naturalmente, un humor lúgubre,
triste, pero de un seguro efecto sobre el público. Con la muerte se
han hecho siempre chistes divertidos. Con ser tan seria, es lo que la
gente se toma más a broma. El muerto siempre será para los demás
un «fiambre». «El verdugo» está en la línea de «Plácido»,
pero el estilo es mucho más ligero. Sorprende la gracia del diálogo,
el estupendo logro del clima ambiental, la maestría con que han sido
llevados a la pantalla estos personajes dignos de Edgard Poe. En
suma, «El verdugo» es un admirable film de humor, pero también un
film social. El nihilismo estético y filosófico de Berlanga no
renuncia a satirizar un poco cruelmente ciertas situaciones y a
maltratar a algunos personajes. Pero es la vez en que, a nuestro
juicio, lo ha hecho con más gracejo y en que ha logrado efectos más
seguros y eficaces. Puede ocurrir—y a nosotros mismos nos ocurre—
que ese humor lúgubre no contente a todos. Pero la cinta es
convincente. Y sea o no de nuestro gusto, hemos de proclamar que se
trata de una obra cinematográfica sumamente estimable. Los
intérpretes son el viejo José Isbert, en la figura del verdugo
jubilado; la excelente Emma Penella, ya un poco excesivamente
voluminosa, pero excelente actriz, y el actor italiano Nino Manfredi,
que crea un personaje rico en excelendas interpretativas y sutiles
matices.— A. MARTÍNEZ TOMAS.
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