Día
de estreno (21-5-1957) Día critica (22-5-1957)
Los
años dorados del cuplé en España constituyeron una época que,
excepto para las generaciones más jóvenes, posee un profundo poder
de remembranza, una extraña calidad nostálgica. Ángel Zúñiga
puso en su «Historia del cuplé» los puntos sobre las ies de los
recuerdos que hasta hace algún tiempo aún palpitaron en la voz,
delicada y fina como una caricia, de nuestra Raquel Meller. Tiene
pues, una historia el cuplé, y en ella está toda la gracia picara,
cándidamente frívola, alegre y despreocupada de los años veinte,
que cada vez más van pareciendo más felices. Pero a la historia le
faltaba la película. Ha sido Juan de Orduña quien la ha realizado,
como director y como productor, para evocar, al igual que con la
zarzuela se hizo en «Teatro Apólo», la memoria de unos ambientes
de unos tipos y, sobre todo, de unas melodías y unas letrillas que
hoy llegan a nuestros oídos con viejas y entrañables resonancias.
Para enhebrarlas con la indispensable continuidad cinematográfica,
Juan de Orduña se ha servido de un guión de Antonio Más Guindal y
Jesús María Arozamena, que viene a ser un cuplé más, bien dotado
de fáciles convencionalismos sentimentales, aquellos que, por lo
demás siguen siendo los más eficaces medios conmovedores de los
grandes públicos. Se trata, en síntesis, de la historia de una
tonadillera, desde sus primeros pasos en el género, que tan
injustificadamente se llamó ínfimo, hasta su decadencia. Por el
éxito que la esperaba, dejó a su novio de juventud, pobre pero
honrado, como ella y luego abandonaría a su enamorado empresario, ya
famosa, para entregarse a amor de un torero que bien pudo ser aquel
del lunes abrileño. En sí, tal biografía supuesta es, claro está,
un gran tópico, pero un tópico inefablemente encantador, tanto más
cuanto se ha procurado que las canciones se relacionen adecuadamente
con el curso de la acción, de manera que ésta dispone en todo
momento de una ilustración musical excelente que, además, cuenta
con sus propias sugestiones evocadoras. En esta hábil compaginación
de temas se advierte el certero sentido de Juan de Orduña, cuya
labor cabe elogiar incondicionalmemte, la fluida y suelta gracia de
la mayor parte de la película, su minucioso cuidado en la recreación
de los ambientes, el ritmo bien medido de las situaciones y, en
general, el aire grato y atractivo de la narración, en la que no
pesan absolutamente nada los quince o veinte cuplés que cantan. Al
contrario. Estos cuplés los canta con habilidad e intención Sara
Montiel, sometida en consecuencia a una dura prueba de la que sale
muy airosa, incluso interpretativamente. Su rostro, su figura y su
voz, con la que «moderniza» algunos pasajes de ciertas canciones,
ocupan el lugar preferente de la cinta, en la que también
intervienen con acierto: Armando Calvo, Matilde Muñoz Sampedro,
Julita Martínez, Alfredo Mayo, José Moreno, en papeles menores, y
el diestro Antonio Vera, a quien corresponde una lucida actuación
del lidiador. La labor de todos ellos no presenta valores homogéneos,
pero en cualquier caso queda limpiamente inscrita en un fondo por su
excelente color y por su riqueza decorativa, determina otro de los
más claros alicientes de «El último cuplé». H. SAENZ GUERRERO.
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